Confieso
Hay un miedo que no grita. Vive adentro, constante, como un eco que no se apaga. No es pánico: es inseguridad antigua . Miedo a perder la razón, a quedar en el olvido, a no realizar los sueños, a no poder seguir. Miedo al futuro, que se presenta más áspero que el pasado. Un miedo que no empezó ayer: siempre estuvo ahí, porque nunca hubo un recuerdo verdadero de seguridad. La vida se fue armando entre carencias y esfuerzos. Agradar, hacerlo lo mejor posible, intentar una y otra vez. Y aun así, la sensación persistente de que todo sale mal. De que algo falta. De que una gota terminó de rebalsar un vaso que llevaba años lleno. La tristeza no siempre se muestra . A veces no tiene lágrimas visibles ni gestos rotos. A veces es silencio puro. Estar y no estar. Un vacío existencial que acompaña cada día, sin horarios, sin pausas. Soledad y tristeza como paisaje habitual. Pero hay otra verdad, ...