Confieso
Hay un miedo que no grita. Vive adentro, constante,
como un eco que no se apaga. No es pánico:
es inseguridad antigua. Miedo a perder la
razón, a quedar en el olvido, a no realizar
los sueños, a no poder seguir. Miedo al futuro,
que se presenta más áspero que el pasado.
Un miedo que no empezó ayer: siempre estuvo
ahí, porque nunca hubo un recuerdo verdadero
de seguridad.
La vida se fue armando entre carencias y
esfuerzos. Agradar, hacerlo lo mejor posible,
intentar una y otra vez. Y aun así, la sensación
persistente de que todo sale mal. De que algo falta.
De que una gota terminó de rebalsar un vaso que
llevaba años lleno.
La tristeza no siempre se muestra. A veces no tiene
lágrimas visibles ni gestos rotos. A veces es silencio
puro. Estar y no estar. Un vacío existencial que
acompaña cada día, sin horarios, sin pausas. Soledad
y tristeza como paisaje habitual.
Pero hay otra verdad, igual de profunda.
A pesar de todo, la vida es valorada. No desde el ruido
ni desde la euforia, sino desde el compromiso.
Las plantas se riegan. Los gatos, la galga, las tortugas
reciben cuidado. La música acompaña. La escritura sigue.
Hay presencia. Hay amor incondicional. Hay
responsabilidad afectiva. Hay elección.
Con ellos no hay tristeza visible. Hay ternura, atención,
constancia. No se agrada: se cuida. No se explica: se está.
Y en ese estar, algo esencial se sostiene. Tal vez no la felicidad,
pero sí el sentido. Tal vez no la ausencia de dolor, pero sí la
dignidad de seguir vivos juntos.
Esta faceta —la que ama, la que cuida, la que permanece aun
triste— también es identidad. Conocerla no borra el vacío,
pero lo ilumina. Porque ahí, donde parece haber solo silencio,
existe una forma profunda de existencia: una vida que duele,
sí, pero que no ha dejado de amar.

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